No Hay Ciencia Sin Cristianismo


El Génesis de la Ciencia

"Aquél que piense a medias no creerá en Dios; 
pero el que piense seriamente ha de creer en Dios."
                                                       Isaac Newton

Muchos ateos, y un desconcertante número de creyentes, sostienen la opinión de que la religión y la ciencia son enemigos mortales. Sin embargo, todos los historiadores de la ciencia han observado una realidad insólita: la ciencia moderna floreció bajo el Cristianismo, mientras que nunca se desarrolló en ninguna otra cultura, como la Antigua Grecia, China o Arabia.

La base histórica de la ciencia moderna depende de la suposición de que el universo fue creado por un Creador racional, y sólo el Dios de la Sagrada Biblia, de entre todos los dioses a los que los hombres han adorado a lo largo del mundo y de la Historia, posee esta cualidad:

"Pero tú lo has dispuesto todo con medida, número y peso." (Sabiduría, 11:20)

El antropólogo evolucionista y divulgador científico Loren Eiseley lo expuso con estas palabras:

"La filosofía de la ciencia experimental comenzó sus descubrimientos y desarrolló sus métodos en la fe, no el conocimiento, de que su objeto de estudio era un universo racional controlado por un Creador que no actuaba por antojo, ni interfería con las fuerzas que Él había puesto en movimiento. Es sin duda una de las más curiosas paradojas de la historia de la ciencia, que profesionalmente tiene poca relación con la fe, que deba sus orígenes a un acto de fe, que el universo puede ser entendido racionalmente, y que la ciencia aún hoy se sostenga sobre dicha suposición."(1)
Un mundo sin Dios es, por necesidad, un mundo sin orden, como Nietzsche reconocía:

"El carácter total del mundo, sin embargo, es el caos eterno, no en el sentido de ausencia de necesidad, sino de ausencia de orden, medida, forma, belleza, sabiduría, y cualesquiera otros nombres elijamos para nuestro antropomorfismo estético." (La Gaia Ciencia, p. 109).

Pero Dios no sólo creó un mundo racional y ordenado, sino que también nos dio permiso para someterlo:

"Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra." (Génesis 1:28)

Los cristianos no tardaron en ponerse a la tarea. En todas aquellas cuestiones en las que la Biblia guardaba silencio, la única manera de descubrir cómo funcionaba la Creación era mediante la experimentación, en lugar de confiar en las filosofías humanas, como hicieron los antiguos griegos. No es sorprendente que el sociólogo y autor Rodney Stark afirmase:


"La ciencia no fue el resultado de seculares occidentales, o incluso deístas; fue enteramente el resultado de devotos creyentes en un Dios creador, consciente y activo."(2)

Además, el progreso de la ciencia requería de un elemento adicional: los experimentos debían compartirse con honestidad, pues la mentira estaba castigada con una pena eterna. Sin este temor de Dios, que garantiza la fiabilidad de los experimentos, la ciencia nunca podría haberse desarrollado.

Isaac Newton

La Ciencia de la Edad Media

Los racionalistas del siglo XIX acuñaron el término "Edad Oscura" para referirse a la Edad Media, con la intención de convencer a la sociedad occidental de que aquél fue un tiempo de barbarismo, incultura y oscuridad intelectual. El concepto es aún enseñado en muchas escuelas, dos siglos después, a pesar de que todos los historiadores responsables reconocen que fue un periodo de asombrosos avances científicos, nacidos de los patrones de pensamiento lógico de los filósofos escolásticos de la Iglesia medieval, y de la creatividad, inventiva e innovación mecánica desarrollada en sus monasterios. Se ha confirmado que los campesinos medievales sabían leer y escribir y nadie se sorprende ya de que este periodo viese el desarrollo de los molinos de agua y de viento, de los cristales graduados, los altos hornos, o el estribo.(3)


"Por extraño que parezca, la ciencia estará siempre en deuda con los milenaristas y los literalistas bíblicos." (Stephen Snobelen, Profesor Asistente de Historia de la Ciencia y la Tecnología, King's College, Halifax, Canadá)

Un increíble avance en la comprensión del mundo físico se produjo en el siglo XIV, cuando el experto en lógica John Buridan desarrolló el concepto de impetus, un precursor del concepto moderno de inercia. Previamente, los seguidores de Aristóteles habían defendido que un objeto móvil requería de una fuerza para mantenerse en movimiento. Pero Buridan propuso:

"Tras abandonar el brazo del lanzador, el proyectil sería movido por un impetus proporcionado por el lanzador, y continuaría en movimiento mientras el impetus fuera mayor que la resistencia, y tendría duración infinita, si no fuese reducida por una fuerza contraria."

Este principio es un precursor de la Primera Ley del Movimiento de Isaac Newton. No es soprendente que James Hannam, Doctor en Historia de la Ciencia de la Universidad de Cambridge, apuntara:

"Durante la Edad Media, la Iglesia Católica apoyó activamente una gran cantidad de iniciativas científicas, que podía controlar cuando la especulación se entrometía con la teología. Además, contra la opinión generalizada, la Iglesia nunca apoyó la idea de que la Tierra era plana, nunca censuró la disección humana, el número cero, y de ninguna manera quemó nunca a nadie por sus ideas científicas. A pesar de lo que digan la opinión pública, los clichés periodísticos y los historiadores desinformados, las investigaciones recientes demuestran que la Edad Media fue un periodo de enormes avances en la ciencia, la tecnología y la cultura. La brújula, el papel, el estribo y la pólvora fueron todos inventados en Europa Occidental entre los años 500 y 1500 d.C."(4)

En conclusión, la ciencia moderna no nació a pesar de la Iglesia Católica, sino gracias a ella. 

Una vez que reconocemos esta verdad, quizá nos sorprendan menos las palabras del Papa Juan Pablo II, cuando declaró en 1991: "Nosotros fuimos los que creamos Europa."

Referencias

  1. Eiseley, L., Darwin’s Century: Evolution and the Men who Discovered It, Doubleday, Anchor, New York, 1961.
  2. Stark, R., For the Glory of God: How monotheism led to reformations, science, witch-hunts and the end of slavery, Princeton University Press, 2003.
  3. Carroll, V., and Shiflett, D., Christianity on Trial: Arguments Against Anti-Religious Bigotry, ch. 3, Encounter Books, 2001.
  4. Hannam, J., God’s Philosophers: How the Medieval World Laid the Foundations of Modern Science, 2007.

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